domingo, 9 de marzo de 2014

Otro Concepto de Educación

Un niño, un niño estándar, que cumple, yo qué sé, nueve - diez años, y sus padres deciden hacerle una fiesta por su cumpleaños con todos sus amigos. Hasta aquí todo normal.

Pero joder, QUE SEA UNA FIESTA MUY LOCA, UNA RAVE DURÍSIMA. CONTRATAN GOGÓS Y STRIPPERS, PONEN LUZ ULTRAVIOLETA Y NEONES, Y MÁQUINAS DE HUMO POR TODA LA CASA, CON MÚSICA DE DISCOTECA A TODO TRAPO EN LOS AMPLIFICADORES QUE UTILIZARON LOS AC/DC EN EL VICENTE CALDERÓN HACE TRES AÑOS. UNA FIESTA MUY EXTREMA.
Y hay droga, muchísima droga, cantidades ingentes de droga, el presupuesto de estado de un país entero en drogas dentro del salón. Y hay niños partiéndose barras de halógenos en la cabeza unos a otros, y haciendo concursos en los que gana el que más cerveza beba. Rulan los vasos de tubo con whisky, JB, pasan chupitos de absenta a través de una barra giratoria donde hay instalado un Scalextric. Los más pasaos se cortan el pecho y se escriben los nombres de sus ex maestras de la guardería, y otros dialogan sobre el significado de la existencia puestos hasta arriba de ácido. La tarta es una puta bombona de butano, maldita sea. El niño la prende con una cerilla y aquello explota, y todos aplauden fascinados y felices cantando el "cumpleaños feliz".

Y todo esto lo toleran los padres de esa comunidad, porque los niños tienen que hacerse mayores. Lo aceptan, les parece correcto y positivo. Incluso el padre del niño en cuestión se permite mostrar una orgullosa sonrisa al observar la estampa junto a los otros padres, y mientras pasa el brazo por encima del hombro de su mujer, comenta en voz alta lo mucho que le habría gustado que su padre le organizase una fiesta así por su cumpleaños.

Grimmer