Un señor quiere comprarse un perro. Pero no un perro cualquiera, no. Quiere un perro concreto, trata de encontrar el perro perfecto. Tras haber descartado incontables perros, encuentra el definitivo. Lo mima, lo cuida, lo quiere. Sin embargo, hay algo extraño en esa relación, y nadie sabe a ciencia cierta qué es. Todos sus amigos, familiares y vecinos lo ven más feliz que nunca, pero nadie entiende por qué. Es demasiada felicidad como para provenir de un puto perro, la proporción normal de la alegría que te da un animal de compañía por estar pululando por tu casa no es tan grande. Pero nadie se atreve a compartir sus sospechas, así que dicen y comentan, con la boca pequeñita, que encontrar al animal es lo mejor que ha podido ocurrirle, porque no se fían.
Lo que nadie podría imaginar es que este señor se compró un perro para que el perro lo pasease a él. Un cambio de roles como muy inconcebible. No es nada sexual, no le excita, simplemente es lo que más le gusta hacer, era el sueño de toda su vida. Joder, corre hacia el perro con la correa en una mano, y el perro lo mira y saca la lengua, y él sonríe, muy feliz. Y se engancha la correa a un collar que lleva en el cuello, deposita el asa en la boca del perro, y ambos salen a la calle sintiéndose como muy completos.
No era BDSM, no era vicio, era afición dominguera.
Grimmer